Primera evocación, de Ángel Gonzalez
Recuerdo
bien
a mi madre.
Tenía miedo del viento,
era pequeña
de estatura,
la asustaban los truenos,
y las guerras
siempre estaba temiéndolas
de lejos,
desde antes
de la última ruptura
del Tratado suscrito
por todos los ministros de asuntos exteriores.
Recuerdo
que yo no comprendía.
El viento se llevaba
silbando
las hojas de los árboles,
y era como un alegre barrendero
que dejaba las niñas
despeinadas y enteras,
con las piernas desnudas e inocentes.
Por otra parte, el trueno
tronaba demasiado, era imposible
soportar sin horror esa estridencia,
aunque jamás ocurría nada luego:
la lluvia se encargaba de borrar
el dibujo violento del relámpago
y el arco iris ponía
un bucólico fin a tanto estrépito.
Llegó también la guerra un mal verano.
Llegó después la paz, tras un invierno
todavía peor. Esa vez, sin embargo,
no devolvió lo arrebatado el viento.
Ni la lluvia
pudo borrar las huellas de la sangre.
Perdido para siempre lo perdido,
atrás quedó definitivamente
muerto lo que fue muerto.
Por eso (y por más cosas)
recuerdo muchas veces a mi madre:
cuando el viento
se adueña de las calles de la noche,
y golpea las puertas, y huye, y deja
un rastro de cristales y de ramas
rotas, que al alba
la ciudad muestra desolada y lívida;
cuando el rayo
hiende el aire, y crepita,
y cae en tierra,
trazando surcos de carbón y fuego,
erizando los lomos de los gatos
y trastocando el norte de las brújulas;
y, sobre todo, cuando
la guerra ha comenzado,
lejos-nos dicen- y pequeña
-no hay por qué preocuparse-, cubriendo
de cadáveres mínimos distantes territorios,
de crímenes lejanos, de huérfanos pequeños...
bien
a mi madre.
Tenía miedo del viento,
era pequeña
de estatura,
la asustaban los truenos,
y las guerras
siempre estaba temiéndolas
de lejos,
desde antes
de la última ruptura
del Tratado suscrito
por todos los ministros de asuntos exteriores.
Recuerdo
que yo no comprendía.
El viento se llevaba
silbando
las hojas de los árboles,
y era como un alegre barrendero
que dejaba las niñas
despeinadas y enteras,
con las piernas desnudas e inocentes.
Por otra parte, el trueno
tronaba demasiado, era imposible
soportar sin horror esa estridencia,
aunque jamás ocurría nada luego:
la lluvia se encargaba de borrar
el dibujo violento del relámpago
y el arco iris ponía
un bucólico fin a tanto estrépito.
Llegó también la guerra un mal verano.
Llegó después la paz, tras un invierno
todavía peor. Esa vez, sin embargo,
no devolvió lo arrebatado el viento.
Ni la lluvia
pudo borrar las huellas de la sangre.
Perdido para siempre lo perdido,
atrás quedó definitivamente
muerto lo que fue muerto.
Por eso (y por más cosas)
recuerdo muchas veces a mi madre:
cuando el viento
se adueña de las calles de la noche,
y golpea las puertas, y huye, y deja
un rastro de cristales y de ramas
rotas, que al alba
la ciudad muestra desolada y lívida;
cuando el rayo
hiende el aire, y crepita,
y cae en tierra,
trazando surcos de carbón y fuego,
erizando los lomos de los gatos
y trastocando el norte de las brújulas;
y, sobre todo, cuando
la guerra ha comenzado,
lejos-nos dicen- y pequeña
-no hay por qué preocuparse-, cubriendo
de cadáveres mínimos distantes territorios,
de crímenes lejanos, de huérfanos pequeños...
"Le debo la ternura", de Víctor Pascual (hijo)
Le debo la ternura,
Le debo el amor,
Le debo la cordura,
Le debo la pasión y la comprensión.
Incluso le debo mi estatura.
Le debo mis dos hermanas
Que son dos luces en la oscuridad.
Le debo mis ojos.
Le debo mil tardes de pintura y charla en el campo.
Le debo mil paisajes,
Y mil playas,
Y mil atardeceres.
Y le debo, desde luego, muchos más de mil consejos.
Ni viviendo varias vidas podría devolverle todo esto.
Ni siquiera la mitad.
Por eso, Padre, intentaré,
Como sé que tú querrías
Y como buenamente pueda,
Traspasárselo a mi hija
A tu nieta.
Yo sé que me lo diste para eso.
Gracias Padre,
Compañero, Amigo.
Gracias por darme tanto
Sin pedirme nada.
Le debo el amor,
Le debo la cordura,
Le debo la pasión y la comprensión.
Incluso le debo mi estatura.
Le debo mis dos hermanas
Que son dos luces en la oscuridad.
Le debo mis ojos.
Le debo mil tardes de pintura y charla en el campo.
Le debo mil paisajes,
Y mil playas,
Y mil atardeceres.
Y le debo, desde luego, muchos más de mil consejos.
Ni viviendo varias vidas podría devolverle todo esto.
Ni siquiera la mitad.
Por eso, Padre, intentaré,
Como sé que tú querrías
Y como buenamente pueda,
Traspasárselo a mi hija
A tu nieta.
Yo sé que me lo diste para eso.
Gracias Padre,
Compañero, Amigo.
Gracias por darme tanto
Sin pedirme nada.
El mar, de Pablo Neruda
NECESITO del mar porque me enseña:
no sé si aprendo música o conciencia:
no sé si es ola sola o ser profundo
o sólo ronca voz o deslumbrante
suposición de peces y navíos.
El hecho es que hasta cuando estoy dormido
de algún modo magnético circulo
en la universidad del oleaje.
No son sólo las conchas trituradas
como si algún planeta tembloroso
participara paulatina muerte,
no, del fragmento reconstruyo el día,
de una racha de sal la estalactita
y de una cucharada el dios inmenso.
Lo que antes me enseñó lo guardo! Es aire,
incesante viento, agua y arena.
Parece poco para el hombre joven
que aquí llegó a vivir con sus incendios,
y sin embargo el pulso que subía
y bajaba a su abismo,
el frío del azul que crepitaba,
el desmoronamiento de la estrella,
el tierno desplegarse de la ola
despilfarrando nieve con la espuma,
el poder quieto, allí, determinado
como un trono de piedra en lo profundo,
substituyó el recinto en que crecían
tristeza terca, amontonando olvido,
y cambió bruscamente mi existencia:
di mi adhesión al puro movimiento.
no sé si aprendo música o conciencia:
no sé si es ola sola o ser profundo
o sólo ronca voz o deslumbrante
suposición de peces y navíos.
El hecho es que hasta cuando estoy dormido
de algún modo magnético circulo
en la universidad del oleaje.
No son sólo las conchas trituradas
como si algún planeta tembloroso
participara paulatina muerte,
no, del fragmento reconstruyo el día,
de una racha de sal la estalactita
y de una cucharada el dios inmenso.
Lo que antes me enseñó lo guardo! Es aire,
incesante viento, agua y arena.
Parece poco para el hombre joven
que aquí llegó a vivir con sus incendios,
y sin embargo el pulso que subía
y bajaba a su abismo,
el frío del azul que crepitaba,
el desmoronamiento de la estrella,
el tierno desplegarse de la ola
despilfarrando nieve con la espuma,
el poder quieto, allí, determinado
como un trono de piedra en lo profundo,
substituyó el recinto en que crecían
tristeza terca, amontonando olvido,
y cambió bruscamente mi existencia:
di mi adhesión al puro movimiento.
Decidme cómo es un árbol, de Marcos Ana
Decidme cómo es un árbol.
Decidme el canto de un río,
cuando se cubre de pájaros.
Decidme el canto de un río,
cuando se cubre de pájaros.
Habladme del mar. Habladme
del olor ancho del campo.
De las estrellas. Del aire.
del olor ancho del campo.
De las estrellas. Del aire.
Recitadme un horizonte
sin cerradura y sin llaves
como la choza de un pobre.
sin cerradura y sin llaves
como la choza de un pobre.
Decidme cómo es el beso
de una mujer. Dadme el nombre
del amor: no lo recuerdo.
de una mujer. Dadme el nombre
del amor: no lo recuerdo.
¿Aún las noches se perfuman
de enamorados con tiemblos
de pasión bajo la luna?
de enamorados con tiemblos
de pasión bajo la luna?
¿O sólo queda esta fosa,
la luz de una sepultura
y la canción de mis losas?
la luz de una sepultura
y la canción de mis losas?
Veintidós años… ya olvido
la dimensión de las cosas,
su color, su aroma…
la dimensión de las cosas,
su color, su aroma…
Escribo a tientas: “el mar”, “el campo”…
Digo “bosque” y he perdido
la geometría de un árbol.
Digo “bosque” y he perdido
la geometría de un árbol.
Hablo por hablar de asuntos
que los años me borraron.
que los años me borraron.
(No puedo seguir: escucho
los pasos del funcionario).
los pasos del funcionario).
Sangre roja, de Víctor Pascual (hijo)
Sangre roja
Corre por mis venas
arterias, corazón.
Roja como las flores rojas
amarillas, malvas
como el sol cuando se esconde
como la luz del fotógrafo
como tu pelo rojo.
Lo creo, lo siento y lo sé.
Tengo un armario pequeño
un corazón
unas manos
una piel que quiere sentir.
Tengo una mesa vacía
una vergüenza
un silencio
unos ojos que saben llorar.
Tengo dolor, humor, amor
tu mismo dolor
su mismo dolor
y un silencio que me sale del alma.
Abrazo mi almohada de noche
y
espero un amanecer mejor
más
rojo
amarillo y malva
como banderas que ya no están.
Tengo nostalgia de la luz y de las sombras.
Existe el día, Miguel
aquí siguen el sol y los trigos
y el mundo no es cuadrado como tu patio.
El viento.
Siempre me quedará el viento en la cara
Tus ojos
Tu pelo rojo
Mi armario pequeño
Mi mesa vacía
Y mi vergüenza
¿A qué más?
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